Sobre abandonos silenciados de la niñez

Crianza

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Por Gastón H. Guevara

La historia de la infancia nos muestra con argumentos contundentes cómo en períodos históricos pasados los hijos, por lo general de la nobleza o clase adinerada, se “abandonaban”[1] a los cuidados y crianza de una nodriza; y una vez crecidos volvían a integrar el núcleo familiar. El “sentimiento” actual sobre la infancia, nacido tal vez con la modernidad según Ariés, suele sentir repulsión al anoticiarse de estos hechos pretéritos y sobre las diversas condiciones que en torno a ellos se desenvuelven. Vociferan exclamaciones, hacen gestos de desdén, como quien no entiende tal práctica carente del mínimo afecto.

Ahora bien, en la actualidad ¿no existen casos similares de “abandono” que son silenciados? Así como aquellos otrora fueron tenidos por “comunes y corrientes” -y hoy por bárbaros-, los “abandonos” de hoy son silenciados porque se encuentran tras el velo de lo “común”.[2] No nos referimos aquí a aquella práctica que hasta hace relativamente poco tiempo se llevaba a cabo en los pueblos pequeños o en el campo, como era “prestar” un hijo a otra familia para que ayude en las diferentes tareas de la casa a cambio de que lo enviaran a la escuela. No hablamos de esto. Sí hablamos, por el contrario, de ciertos espacios que se han convertido en lugares de “abandono temporario”.

¿Cuáles son estos lugares? Uno de ellos puede ser la misma casa, cuando se emplea una “niñera” (la nodriza moderna temporaria), que cuida de los hijos cuando los padres están ausentes[3] la mayor parte del día por verse atareados con cuestiones laborales. Labores que, en muchos casos, van absorbiendo hasta la existencia misma: se vive para trabajar. Esto tiene, inexcusablemente, ciertas consecuencias en la crianza de los hijos: les impide jugar con ellos porque se van a trabajar cuando duermen y vuelven por la noche… cuando duermen. No pueden leerles un cuento, o, simplemente, se ven privados de contemplarlos. Demos un ejemplo: en los últimos años han aparecido cuentos tradicionales adaptados, para leerles a los niños antes de dormir. ¿Adaptados para los niños? No. Adaptados para los padres que no deseen perder tiempo; son cuentos que ¡sólo duran un minuto! El fin: ayudar a los padres que han de volver rápidamente a “ocupaciones más importantes”. Todo debe hacerse rápido. Chrónos, el devorador, va engullendo hasta estos pequeños y solemnes momentos. Los hijos son “abandonados” a las fauces de este dios despiadado que es el Tiempo –Chrónos-. Inculcándoles, tal vez sin querer, que su infancia es algo tan falto de importancia que deben convertirse lo más aceleradamente posible en una persona mayor. Caro al autor de “El Principito” es esta caracterización, pues para él una “persona mayor” son todos los que no han conservado los rasgos de la infancia. Y es interesante notar, además, que no usa la expresión “adulto”, ya que la adultez supone una etapa de la vida en la que usualmente se alcanza la madurez.

A cambio de aquellos cuentos, el mercado expande los productos “para niños”. Estos productos son “mejores” modos de entretenerse: “la play”, el celular. A diferencia del cuento estos artefactos no los llevan a la calma y la escucha sino a la estimulación y excitación de las luces y los sonidos.

Muchos, también, son los niños que viven en edificios, en departamentos asépticos y herméticos a toda intrusión de la naturaleza. También aquí los niños son “abandonados” a una nodriza, no ya de “carne y hueso”, pero que tiene un ascendiente de tamaña magnitud: la televisión. Vemos, además, que se hace casi imposible en las grandes ciudades salir a jugar a la calle por diferentes peligros a los que se pueden exponer los pequeños. Pero también porque las nuevas tecnologías raptan la atención del niño con vigorosa fuerza. Estas seducen la voluntad de los chicos y ocupan el lugar de la imaginación y la fantasía. Es triste: ya no quieren salir a jugar.

Otro espacio de “abandono temporario” lo podemos reconocer en lo que hoy se denomina “jardín maternal” y en tiempo pasado fue “guardería”. Para algunos padres, a pesar del nuevo nombre, sigue siendo una guardería. Andemos un poco por aquí. Si pensamos en aquello que Ariés remarca, en su ya clásico “El niño y la vida familiar en el Antiguo Régimen” (más allá de los aciertos y/o desaciertos de la obra), respecto al carácter normalizador, disciplinante y encorsetante de la escuela sobre la infancia, vemos que los niños son “institucionalizados” cada vez más pequeños. Para algunos padres, como decíamos más arriba, el jardín maternal no funciona como una institución escolar sino como una guardería, donde pueden cuidar al hijo durante cierto tiempo, lo que les permite trabajar despreocupadamente. ¡Y qué problema cuando hay paro, feriado u otro acontecimiento que no permita dejar a los niños en ese lugar! Los padres “no saben qué hacer” con sus hijos.

Estos niños poco a poco y de manera no consciente, simplemente siguiendo el ejemplo de las personas mayores se convierten en “hijos” de la prisa, incapaces de detenerse para ver. Y cuando llegan a una edad adulta, bien se les podría aplicar aquello de Saint-Exupéry:[4]

“Viejo burócrata, compañero mío aquí presente, nadie te ha hecho evadir jamás y tú no eres responsable de ello. Tú has construido tu paz a fuerza de cegar con cemento, como lo hacen las termitas, todas las salidas hacia la luz. Te has enroscado en tu seguridad burguesa […]. No quieres inquietarte por los grandes problemas. Ya tienes bastante trabajo con olvidar tu condición de hombre […]. Nadie se preocupó de sacudirte los hombros cuando aún era tiempo. Ahora, la arcilla de que estás formado se ha secado, se ha endurecido. Y nada, en adelante, será capaz de despertar al músico dormido, al poeta o al astrónomo que quizás habitaba en ti en un principio”.

Los niños no pueden ser poetas porque la infancia misma no tiene sentido en sí misma, sino en relación a un futuro de prisa y de trabajo. La infancia parece acortarse (si se nos permite hablar de ella como un período de tiempo); los niños y los jóvenes cada vez están más ocupados, más programados, más apresurados: de la escuela a la casa -y luego de una breve estadía- se van al “instituto de inglés”, y de ahí a practicar algún deporte o instrumento musical, que en muchos casos no se hace por el goce mismo de jugar o tocar algún instrumento, sino con la presión social de la profesionalidad, de ser el mejor.

A esto debemos sumarle el abandono más serio y triste: el espiritual. Muchos son los niños que hoy no conocen a Cristo, porque nunca se les ha hablado de Él. Esto es culpa de los padres, sí, por diversos motivos: sea por indiferencia, o por una fe débil quebrantada por las mentiras en torno a Dios y su Iglesia que proliferan en todos los ambientes, o por un odio visceral a todo lo referido a la Iglesia; sea lo que fuere el niño se ve privado de conocer a su mejor Amigo. La otra parte, que tiene una responsabilidad inexcusable en este terrible “abandono espiritual” de la niñez es la Iglesia –en su conjunto- que ha dejado de predicar la Buena Nueva, rechazando, algunas veces implícitamente y otras explícitamente, la evangelización, tildado a esta -despectivamente- de “proselitismo”, de falta de “tolerancia” o falta de “ecumenismo”, exponiendo erróneamente que “todos creemos en un mismo Dios”. Se deserta así del “Id y predicar a las naciones”, del “sí, sí; no, no”… en pro de una fe difusa, de una fe relativista.

Desde la hondura divina se escucha la Voz solemne de Cristo que lanza enojado,  nos dice el Evangelio, una colosal advertencia a los discípulos que no permiten que los niños se acerquen a Él: “Dejad que los niños vengan a mí y no los estorbéis” (Mc. 9, 13-14). ¿Acaso no son hoy los discípulos de Cristo los que no dejan llegar a los niños a Jesús? ¡Cuidado!, a quien obstaculiza a los niños el camino que los lleva hacia Él, Cristo les dice: “al que escandalizare a uno de estos pequeñuelos que creen en mí, más le valiera que le colgasen una piedra de molino de asno y le arrojasen al fondo del mar” (Mt. 18, 6).

Ser padres no radica tan sólo en dar el ser al hijo sino, ineludiblemente, en dotarlo de eternidad.

Ésta, desde nuestra perspectiva, es una infancia abandonada ¿Qué estamos haciendo de los niños?

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NOTAS:

[1] El término correcto sería: delegar. Si bien hemos generalizado por demás, pues el objetivo del ensayo no es este, hay que hacer alguna aclaración: pues la Antigüedad se caracterizó, en muchos casos, por crasos abandonos y hasta infanticidios, costumbre que fue considerada horrorosa cuando esas costumbres se impregnaron de Evangelio.

[2] Debemos aclarar, antes de seguir avanzando, que lo que se pretende aquí es tan sólo plantear un punto de vista que permita corrernos del lugar común y poder ver tras ese velo de lo común.

[3] Hacemos notar que hablaremos de niños que pertenecen a cierta clase social (media, media alta), con el propósito de analogarla con aquella con la que abrimos el ensayo.

[4] SAINT-EXUPÉRY, A. Tierra de Hombres. Obras Completas, Plaza & Janés, Barcelona, 1967, p. 197-198.

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