La jornada en imágenes

El sábado 12 de agosto se llevó acabo la 2da. Jornada de Educación “El acto educativo ante el asombro filosófico”. Se contó con la presencia del Dr. Hugo Costarelli Brandi, de la Lic. Noemía Alvarado, de la Lic. Griselda I. Boffa y del Lic. Gastón H. Guevara.

Les dejamos algunas fotografías.

Anuncios

De la contingencia de los seres creados a la postulación de Dios como ser necesario en Santo Tomás de Aquino

Por José Carmelo Celi Quiroga

+

Ser sabio consiste en asomarse al mundo de las esencias

 por encima de las contingencias terrenales. 

(Caponnetto A., 1981:18)

 

En el marco de la celebración del sexto centenario de la canonización del Doctor Angélico en Aviñón, en el año 1923, Jacques Maritain dijo que a Santo Tomás de Aquino le cabe hoy mejor que nunca el título de Apóstol de los tiempos modernos (Forment, 2005). Sin lugar a dudas, la veritas estudiada, amada en la contemplación y luego predicada resume la vida del Maestro Perenne y se presenta como luz apacible que viene a iluminar la inteligencia oscurecida y cercenada por las corrientes modernistas que impregnan y dominan los distintos ámbitos de la vida humana, social y religiosa.

Sin ansias de ser exhaustivos se puede decir que nuestra época se caracteriza por tres síntomas por demás preocupantes porque no solamente sientan las bases de la vida contemporánea sino que además se concatenan entre sí para configurar un hombre y una sociedad cerrados a la trascendencia. El primero de ellos es la actitud del hombre que vive en la tierra como si fuera ésta su patria definitiva (inmanentismo); el segundo es el rechazo de una verdad universal y de valores absolutos (relativismo) y el tercero, la pérdida del sentido de la existencia (nihilismo) que se deriva como consecuencia directa de los dos síntomas anteriores. Signos del siglo XXI que hacen de éste un tiempo contradictorio pues mientras el progreso material, científico y de comunicación es asombroso; las injusticias, las persecuciones de todo tipo y la pobreza en todos sus órdenes golpean a diario nuestra realidad (Perea de Martínez, 2009).

En ese escenario, partir desde la contingencia de lo creado para llegar a la demostración de un Ser Necesario es no solamente importante sino también urgente. Pues ante la marcada y generalizada desesperanza y vacío que aparecen como respuesta a la realidad signada por la contingencia, Santo Tomás nos ilumina el verdadero itinerario a seguir: la contingencia de lo creado nos lleva a elevarnos a la permanencia en Dios; un reditus que sólo es real y posible si antes se ha contemplado aquel acto de amor de Dios por toda su creación -movimiento del exitus-.  En este camino, la unión de fe y razón se constituyen en clave de bóveda del estupendo edificio del pensamiento tomista.

Por todo lo dicho hasta aquí, Fr. Abelardo Lobato O.P. bien presenta a Santo Tomás de Aquino con el título de Doctor Hodierno, pues la obra apostólica del santo no sólo supo dar respuestas a las demandas de su tiempo sino también que se yergue como faro que ilumina y guía todo tiempo, capaz de dar respuestas válidas a las inquietudes actuales.

 

Santo Tomás nos ha legado una doctrina, un admirable corpus sistemático en el que la investigación y el estudio cuidadoso y solícito permiten descubrir principios y conclusiones que iluminan al hombre de hoy. (…) Sus respuestas, si bien pensadas y elaboradas en los términos de la época para la que fueron propuestas, tienen, no obstante, la virtud de la perennidad a la vez que conservan una asombrosa y renovada actualidad. (Caponnetto-1, 2014:1)

 

Es el deseo que el pensamiento y el espíritu del Doctor Cristiano puedan guiar las siguientes reflexiones a fin de que “desde las altas moradas riegues los montes y del fruto de tus obras se sacie la tierra.” (Ps 103,13).

(a). Principios arquitectónicos para el correcto estudio de las cinco vías propuestas por          Santo Tomás de Aquino

Muchos académicos, hijos de la modernidad, impregnados por los cánones reduccionistas de la ciencia positiva objetan a Santo Tomás, en lo que hace al desarrollo de las cinco vías de demostración de la existencia de Dios, por el nexo que une las premisas de cada una de las vías con sus respectivas conclusiones. A la afirmación casi peyorativa de que ‘arribó a esas conclusiones porque al ser teólogo no le quedó otro camino’ le suman la pregunta por las evidencias racionales que sustentan el reconocimiento de Dios como el primer motor inmóvil (1era. Vía), la causa primera incausada (2da. Vía), el ser necesario (3era. Vía), la perfección en grado máximo (4ta. Vía) y el fin último (5ta. Vía).

No caben dudas que esta crítica parte no solo de una concepción de ciencia totalmente distinta de la clásica sino que además de un desconocimiento –y/o rechazo– del fundamento primero que sostiene todo el sistema tomista. Además, por supuesto, del olvido intencional de la metafísica del ser desde la cual el planteo del tema se argumenta y desarrolla.

Para poder sortear estas objeciones y sobre todo ser fieles al pensamiento heredado del Doctor de la Iglesia, se cree necesario especificar cinco principios que aparecen como marco estructural y arquitectónico del tema que aquí se desarrolla. Estos principios son:

1°- El conocimiento de Dios por la luz natural. El Catecismo de la Iglesia Católica sostiene que Dios como principio y fin de todas las cosas puede ser conocido a partir de las cosas creadas mediante la luz natural de la razón (CATIC, 36). Debido a que, como agente perfectísimo, Dios plasma perfectísimamente su imagen en las cosas creadas; lo creado lleva la huella de su perfección. De ese modo, la persona que busca a Dios descubre en la creación “argumentos convergentes y convincentes que permiten llegar a verdaderas certezas” (CATIC, 31). Si bien de esos argumentos se nutren las vías tomistas es necesario tener presente que su autor claramente plantea que ese conocimiento por la sola luz natural no es suficiente porque las verdades que se refieren a Dios sobrepasan el orden de las cosas sensibles y naturales por lo que la razón necesita ser iluminada por una luz superior otorgada por el mismo Dios: la fe, don gratuito y amoroso. De este modo, Santo Tomás establece la diferencia entre la filosofía y la teología; mientras que el teólogo recibe sus principios de la Revelación y considera los objetos de estudios como deducibles a partir de lo revelado; el filósofo capta sus principios por la sola razón y considera los objetos de que se ocupa desde esa luz natural. No obstante, que sean diferentes no implica que sean contrapuestas, por el contrario, la filosofía es auxiliar de la teología como bien se puede evidenciar en el mismo despliegue y desarrollo del pensamiento tomista.

2°- Unión entre fides et ratio. La armonía entre la fe y la razón permiten al hombre conocer las profundidades de su ser y elevarse a la contemplación del misterio de manera íntegra y segura porque ante la limitación de la naturaleza humana signada por las consecuencias del pecado original acude el auxilio de la gracia divina obtenida por los méritos de Cristo. De ese modo se cumple aquella sentencia de Benedito XVI referida a que la razón no se salvará sin la fe pero la fe sin la razón no será humana.

3°- El exitus y el reditus del sistema tomista. Representan la metafísica tomista en toda su madurez y el esquema organizativo magistralmente reflejado en la Suma Teológica. Dios además de crear todas las cosas se da a conocer al hombre por la Revelación (exitus) cuyo punto culmen y definitivo es Jesucristo, Dios-Hombre, que señala el camino de retorno al Padre (reditus) elevando la naturaleza caída. Si bien las cinco vías forman parte de este segundo movimiento deben comprenderse a la luz del primero porque allí se ancla la dignidad metafísica del pensamiento del autor.

4°- La analogía como recurso. Se dice que hay analogía cuando dos cosas son en parte iguales y en parte diversas. Se habla de analogía de atribución (cuando varios entes tienen relaciones diversas a uno) o de proporcionalidad (semejanza de relaciones). El tipo de analogía que interesa aquí es el de atribución; específicamente la denominada analogía de atribución intrínseca por la cual ‘el ser se predica análogamente del ser de las creaturas y de Dios’; las creaturas son realmente por participación, Dios es el Ser por Esencia. Con este recurso, Santo Tomás garantiza no solo la superación del peligro de una antropomorfización de Dios sino también de la herejía panteísta al resguardar la trascendencia divina por medio del principio de causalidad eficiente y creadora.

5°- El concepto de creación. Cobra relevancia en este punto el aporte de la tradición cristiana en torno al concepto de creación. Es a través de la consideración de los seres en su condición de creados el punto de ingreso a través del cual Santo Tomás nos pone ante la contemplación del fundamento último presente en el acto de ser de las creaturas. Un itinerario realista en el que se dignifica la razón natural y se cae de rodillas ante el misterio divino contemplado por la luz de la fe. Como dice Caponnetto (4-2014) sólo en la perspectiva de la creación -y de las consecuencias que de ella se derivan- es posible deducir todo lo demás.

Teniendo en cuenta los cinco principios citados, el objetivo de esa monografía es presentar y profundizar la tercera vía que Santo Tomás de Aquino propone para llegar al conocimiento de Dios por la luz natural de la razón. Esta vía es formulada por el Santo Doctor de la siguiente manera:

 

La tercera vía se toma a partir de lo posible y necesario tal cual es. Hallamos, en efecto, en las cosas algunas que pueden existir o no existir dado que se generan y corrompen y, en consecuencia, tienen la posibilidad de existir o no existir. Pero es imposible que tales cosas existan siempre porque lo que es posible que exista o no exista, alguna vez no existió. Por tanto, si todas las cosas tienen posibilidad de no ser, alguna vez existió en la realidad; pero si esto es verdad, también lo es que nunca nada existió porque lo que no es no comienza a ser sino por algo que es; ergo, si nada existió es imposible que algo comenzara a existir y de ese modo nada existiría lo que es manifiestamente falso. Luego, no todos los entes son posibles sino que es preciso que haya algo necesario en las cosas. Todo lo necesario o bien tiene la causa de su necesidad en otro o no la tiene y no es posible proceder al infinito en las cosas necesarias que tienen la causa de su necesidad como tampoco lo es en las causas eficientes, según se probó más arriba [2da. vía: de la causa eficiente]. Por tanto es necesario poner algo que sea por sí necesario que no tenga en otro la causa de su necesidad sino que sea la causa de la necesidad de los demás, lo que todos llaman Dios. (S Th I, q.2, a.3, corpus)

Tanto esta vía como las demás siguen la misma estructura apoyadas en dos fundamentos: el gnoseológico (de herencia aristotélica: todo conocimiento se inicia a través de lo sensible) y el ontológico (principio de causalidad eficiente según el cual el efecto y la causa son los dos extremos de la realidad).

Es el planteo de un punto de partida tomado de la experiencia sensible –la contingencia de los seres creados-, al que se le aplica el principio de causalidad y desde el cual se da cuenta de la imposibilidad de un proceso infinito en la serie de causas –esos seres contingentes son indiferentes al ser y no ser y en la serie de seres así indiferentes no se puede ir en un proceso al infinito– y finalmente se llega a un punto de llegada o causa primera –la existencia de un ser necesario que todos llaman Dios-.

El análisis de este itinerario aplicado en la tercera de las vías tomistas será el objetivo de los apartados siguientes.

(b). La contingencia de la realidad creada como punto de partida

De diferentes maneras y diversos modos la contemplación de una realidad contingente ha sido materia de estudio desde los primeros filósofos hasta nuestros días pues es algo que de alguna manera nos impele hacia la pregunta por el sentido de la vida y de la existencia. En ese sentido fue el hecho clave de inicio de la actividad filosófica surgida de un asombro primigenio (González Álvarez, 1969).

Esta cualidad de finitud en las creaturas permite afirmar que las cosas no se han dado a sí mismas su propio ser, ni su existencia ni su esencia porque de ser así gozarían de perdurabilidad ilimitada y la evidencia inmediata -sensible- demuestra que todas las creaturas atraviesan en su existencia por dos procesos básicos insoslayables: el nacimiento (generación) y la muerte (corrupción); además de otros movimientos menos radicales como los cambios físicos y locales en donde el sujeto que los realiza o padece sigue reconociéndose a sí mismo en la interioridad de su propio ‘yo’ a pesar de las modificaciones sufridas.

Estos datos de la realidad ponen en evidencia que todas las creaturas son un compuesto de dos elementos que permiten la dinámica de la permanencia y el cambio (en los movimientos menos radicales) o del nacimiento y de la muerte (en los procesos de generación y corrupción).

En este punto, Santo Tomás pondrá en escena la teoría hilemórfica legada por Aristóteles para explicar ese hecho de experiencia. Además del postulado de la distinción entre sustancia y accidente en los seres materiales, comparte con el filósofo que hay una distinción más profunda que corresponde al compuesto de materia y forma en la composición natural de los seres. La materia (hyle) es aquello de lo que una cosa es hecha; como constitutivo del ente natural se la considera materia prima que viene a ser determinada por la forma substancial. La forma (morphé) es lo que hace que una cosa sea eso y no otra; como forma substancial informa a la materia determinándola. Sin embargo, la distinción entre materia y forma sólo es válida para Santo Tomás en los seres corpóreos puesto que en los seres inmateriales no se puede dar tal distinción: son forma pura.

En un ascenso metafísico, se plantea que la materia prima es pura potencialidad, mientras que la forma substancial es acto, de modo que la distinción entre potencia y acto es una distinción más amplia que la anterior porque involucra toda la realidad creada mientras que el binomio materia-forma se encuentra únicamente en la creación corpórea. En los ángeles no hay materia, pero no por ello deja de haber potencialidad. Los ángeles pueden cambiar mediante la realización de actos de entendimiento y voluntad aun cuando no pueden cambiar sustancialmente. En este orden de cosas, el acto designa lo acabado y perfecto, aquello que es mientras que la potencia es la capacidad real de llegar a ser algo.

Estos principios recuperados por Santo Tomás como preliminares de su metafísica del ser le permitieron contemplar una composición más profunda que afecta a todos los seres finitos y cuya expresión la encontramos en la formulación de la tercera vía: “Hallamos, en efecto, en las cosas algunas que pueden existir o no existir dado que se generan y corrompen y, en consecuencia, tienen la posibilidad de existir o no existir”.

En consecuencia, el ser finito es porque existe; posee una composición de esencia y esse (acto de ser). La esencia es aquello por lo que y en lo que el ente tiene ser. Es potentia essendi, lo que recibe al ser, lo limita y lo restringe a un modo determinado de ser. En los seres corpóreos es la sustancia compuesta de materia-forma, mientras que en los espirituales es la forma sola. El esse o acto de ser es lo más íntimo de todas las cosas, acto de todos los actos, perfección de todas las perfecciones, fundamento último y radical de todo lo que es. Como acto de ser es, en todo ente, imagen de Dios que es el Ipsum Esse Subsistens.

Ninguna esencia puede darse en la realidad sin que tenga ser ni tampoco cabe que algo que realmente exista no tenga esencia alguna que lo determine en su ser y en su actuar. Será este acto de ser la noción plena y madura de la metafísica tomista y la puerta de ingreso para el descubrimiento del ‘Ser en sí’ y por ende de la postulación de un ser necesario que participa su ser a los seres creados. En estas profundidades especulativas se encuentra la reforma radical de la metafísica aristotélica porque Santo Tomás hace que la misma constitución de los seres finitos exija por un lado la postulación de la creación del mundo y de los seres (algo que para Aristóteles era eterno e increado) y, por el otro, la incorporación del principio de causalidad -eficiente y final- como principio extrínseco en los entes creados.

 

De todo este notable esfuerzo, que no reconoce nada equivalente en la tradición escolástica, surge una visión tan profunda de Dios que el estudioso que se sumerge en ella no puede substraerse a la convicción de que la inteligencia humana ha sido llevada a los mismos umbrales de la visión beatífica. Pero también surge una visión luminosa y profunda del ente finito en la que se halla contenida una metafísica del ser que tampoco tiene equivalente en toda la larga historia de la reflexión metafísica. (Caponnetto-5, 2014:24)

(c). Dios, Ser necesario

En la Primera Parte de la Suma de Teología (q.86, a.3) Santo Tomás afirma que la contingencia puede considerarse de dos maneras: en cuanto contingente y en cuanto que en lo contingente hay cierta necesidad. Entiéndase por contingente a todo aquello que puede ser y no ser; y a lo necesario como lo que no puede no ser.

Tomando la segunda consideración que interesa atender aquí, cabe decir que en las cosas siempre hay algo necesario; una necesidad ‘por otro’ evidenciada como consecuencia del análisis sobre el orden de las causas. De modo que se puede afirmar que todos los entes existentes deben su necesidad a algún otro. Este es el punto de partida desde el cual el Doctor Angélico despliega la demostración de la existencia de Dios.

Como se manifestó en el apartado anterior, no hay seres compuestos que puedan causar su propio ser porque en tal caso habría que ser anterior a sí mismos y esto es imposible. Sin embargo, su condición de existentes hace que en ellos haya algo de necesidad porque de lo contrario no existirían. En la medida en que existen son necesarios y lo son por otro, por una causa que les hace existir.

 

Este es el verdadero punto de partida de la vía, lo que tienen de necesario los entes contingentes. La imposibilidad de prolongar hasta el infinito la serie de causas subordinadas esencialmente en la necesidad, lleva a afirmar la existencia de un ente necesario por sí mismo, un ente necesario absolutamente, causa de la necesidad de los demás. (Forment, 2005:79)

Ese Ser Necesario no es otro que el ‘Ipsum Esse Subsistens’ en quien se identifica la esencia y el ser; Ser Necesario Absoluto que causa la existencia de los entes al participarles su ser.

En este punto aparece en la doctrina tomista no solamente el concepto de participación sino también el de creación -entendida como la producción de los seres de la nada por una causa eficiente creadora, incausada y primera-; radical novedad del pensamiento tomista respecto de la filosofía griega. Sólo Dios es el ser por esencia, las creaturas toman el ser de Dios por participación al tiempo que todas ellas forman una jerarquía ordenada según su mayor o menor grado de participación en el ser de Dios que se encuentra en su cúspide y en la cual el hombre se ubica como un ser fronterizo entre lo visible y lo invisible (Caponnetto-3, 2014).

De este modo Santo Tomás demuestra que el conocimiento de Dios por la luz natural de la razón es posible por tres caminos. El primero es por la vía de la causalidad puesto que su punto de partida está en las entes creados; el segundo es la vía de la remoción de imperfecciones de las creaturas por medio de la cual se niega en Dios las imperfecciones presentes en los seres y el último es por vía de la analogía en donde se atribuye a Dios en grado eminente e infinito las perfecciones presentes relativa y limitadamente en sus creaturas. (Caponnetto-5, 2014).

Sin embargo, reconoce el santo que este conocimiento natural de Dios es no solamente un camino arduo sino también imperfecto y limitado porque muy pocos hombres conocerían a Dios y lo harían después de mucho tiempo y con la incertidumbre del error. (Suma Contra Gentiles I, c 4).

Por eso, por encima del conocimiento filosófico de Dios está el que proporciona el dato revelado y el que le permite al Aquinate identificar las conclusiones metafísicas con el dato de la Revelación poniendo en evidencia que lo que podemos alcanzar a conocer sobre Dios por el esfuerzo de la sola razón se halla confirmado y perfeccionado por la fe. En esto consiste la labor del teólogo, y que Santo Tomás supo encarnar en su persona ejemplarmente, argumentar con razones usando los aportes de las disciplinas humanas y los brindados por la autoridad de maestros y doctores reconocidos sin olvidarse que la fuente principal de sabiduría no es otra que la Sagrada Escritura (Caponnetto-6,2014).

 

Santo Tomás no sólo convierte el Acto puro aristotélico en el Ser, que es Acto, sino también en ‘El que Es’ bíblico. Acepta la interpretación tradicional del texto del Éxodo (3,13-14) ‘Yo Soy el que Soy’ como una definición de la esencia divina, y lo refiere al Ipsum Esse. (Forment, 2005:84)

Muchos otros aspectos se podrían profundizar del tema en cuestión, pero para finalizar este apartado una última observación: Dios no sólo da las formas a las cosas sino también las conserva en su ser y en su obrar; y es fin de todas las acciones. Por eso, “en la visión de la misma esencia divina y sólo en ella consiste la perfecta, acabada e indeficiente bienaventuranza del hombre” (Caponnetto-4,2014:17). Visión que no se alcanza en esta vida sino en la futura (vida de los bienaventurados) pero cuyo deseo brota de la naturaleza racional del hombre y sólo es asequible por virtud de Dios mediante la participación de nuestra naturaleza de la naturaleza divina.

Cierre

Creyendo haber cumplido con el objetivo trazado en esta monografía, sólo se puede decir, siguiendo al P. Martín Grabmann O.P., que “en la figura y carácter científico del Aquinatense se deberá observar y tener en cuenta los rasgos propios no sólo del sabio, sino del santo. En Tomás no puede comprenderse al investigador de la verdad sin el santo.” (1930:28).

Sabiduría y Santidad que fueron configurando la vida de Santo Tomás ya desde su infancia a través de su inquietud por encontrar respuestas al interrogante `Quis est Deus?’. Este carácter teocéntrico del pensamiento tomista permite comprender las profundidades metafísicas de la realidad y devuelve a la inteligencia su actividad plena y propia. En él encuentran el fundamento y sentido las cinco vías planteadas.

El realismo hecho método es el legado de Santo Tomás para las generaciones actuales y futuras; un realismo que, apoyado en la razón auxiliada por la fe, encuentra en las cosas creadas la huella de su Creador. Un realismo que recupera la tradición especulativa de los antiguos y la pone al servicio de la verdad revelada. Un retorno al ser metafísico que permite elevar al hombre a la contemplación de la misma Esencia Divina que se alcanzará en la vida bienaventurada donde la palabra dará paso al silencio contemplativo.

¡Santo Tomás de Aquino, Maestro Perenne, intercede por nosotros!

 

____________________________

Bibliográfica citada:

  • CAPONNETTO, Antonio (1981): Pedagogía y Educación. La crisis de la contemplación en la Escuela Moderna. Colecciones Ensayos Doctrinarios. Cruz y Fierro Editores.-
  • CAPONNETTO, Mario (2014-2015):

__1. Módulo I: Contexto histórico, vida y obra de Santo Tomás de Aquino. Diplomatura Universitaria en pensamiento tomista. Universidad Fasta.-

__2. Módulo II: Filosofía de la naturaleza. Diplomatura Universitaria en pensamiento tomista. Escuela de Humanidades. Universidad Fasta.-

__3. Módulo III: Antropología. Diplomatura Universitaria en pensamiento tomista. Escuela de Humanidades. Universidad Fasta.-

__4. Módulo VI: Ética. Diplomatura Universitaria en pensamiento tomista. Escuela de Humanidades. Universidad Fasta.-

__5. Módulo V: Metafísica. Diplomatura Universitaria en pensamiento tomista. Escuela de Humanidades. Universidad Fasta.-

__6. Módulo VI: Sacra Doctrina. Diplomatura Universitaria en pensamiento tomista. Escuela de Humanidades. Universidad Fasta.-

  • CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA (1998). Conferencia Episcopal Argentina. EDIDEA Ediciones. Segunda Edición. ISBN 987-511-010-8.-
  • FORMENT, Eudaldo (2005): Id a Tomás. Principios fundamentales del pensamiento de Santo Tomás. Fundación Gratis Date. Pamplona. Segunda Edición.-
  • GRABMANN, Martín (1930): Santo Tomás de Aquino. Traducción de la quinta edición alemana a cargo de Adrián Salvador Minguijón. Editorial Labor S.A. Barcelona.-
  • GÓNZALEZ ÁLVAREZ, Ángel (1969): Historia de la filosofía en cuadros esquemáticos. Colección Sinopsis. Ediciones y Publicaciones Españolas, S.A., 6ta. Edición. Madrid-España.-
  • PEREA DE MARTÍNEZ, María Esther (2009): Conocer nuestro tiempo. Ediciones Gladius. Tercera Edición. ISBN 978-950-9674-42-4.-
  • SÁENZ, Alfredo (2001): El hombre moderno. Descripción fenomenológica. Edicones Gladius, 4ta. Edición. ISBN950-9674-45-1.-
  • SANTO TOMÁS DE AQUINO – SUMMA THEOLOGIAE. En: http://biblioteca.campusdominicano.org/1.pdf.-
  • SANTO TOMÁS DE AQUINO – SUMMA CONTRA GENTILES. En: http://www.traditio-op.org/biblioteca/Aquino/Suma_Contra_Gentiles_Sto_Tomas_de_Aquino_OP.pdf.-

Sobre abandonos silenciados de la niñez

Crianza

+

Por Gastón H. Guevara

La historia de la infancia nos muestra con argumentos contundentes cómo en períodos históricos pasados los hijos, por lo general de la nobleza o clase adinerada, se “abandonaban”[1] a los cuidados y crianza de una nodriza; y una vez crecidos volvían a integrar el núcleo familiar. El “sentimiento” actual sobre la infancia, nacido tal vez con la modernidad según Ariés, suele sentir repulsión al anoticiarse de estos hechos pretéritos y sobre las diversas condiciones que en torno a ellos se desenvuelven. Vociferan exclamaciones, hacen gestos de desdén, como quien no entiende tal práctica carente del mínimo afecto.

Ahora bien, en la actualidad ¿no existen casos similares de “abandono” que son silenciados? Así como aquellos otrora fueron tenidos por “comunes y corrientes” -y hoy por bárbaros-, los “abandonos” de hoy son silenciados porque se encuentran tras el velo de lo “común”.[2] No nos referimos aquí a aquella práctica que hasta hace relativamente poco tiempo se llevaba a cabo en los pueblos pequeños o en el campo, como era “prestar” un hijo a otra familia para que ayude en las diferentes tareas de la casa a cambio de que lo enviaran a la escuela. No hablamos de esto. Sí hablamos, por el contrario, de ciertos espacios que se han convertido en lugares de “abandono temporario”.

¿Cuáles son estos lugares? Uno de ellos puede ser la misma casa, cuando se emplea una “niñera” (la nodriza moderna temporaria), que cuida de los hijos cuando los padres están ausentes[3] la mayor parte del día por verse atareados con cuestiones laborales. Labores que, en muchos casos, van absorbiendo hasta la existencia misma: se vive para trabajar. Esto tiene, inexcusablemente, ciertas consecuencias en la crianza de los hijos: les impide jugar con ellos porque se van a trabajar cuando duermen y vuelven por la noche… cuando duermen. No pueden leerles un cuento, o, simplemente, se ven privados de contemplarlos. Demos un ejemplo: en los últimos años han aparecido cuentos tradicionales adaptados, para leerles a los niños antes de dormir. ¿Adaptados para los niños? No. Adaptados para los padres que no deseen perder tiempo; son cuentos que ¡sólo duran un minuto! El fin: ayudar a los padres que han de volver rápidamente a “ocupaciones más importantes”. Todo debe hacerse rápido. Chrónos, el devorador, va engullendo hasta estos pequeños y solemnes momentos. Los hijos son “abandonados” a las fauces de este dios despiadado que es el Tiempo –Chrónos-. Inculcándoles, tal vez sin querer, que su infancia es algo tan falto de importancia que deben convertirse lo más aceleradamente posible en una persona mayor. Caro al autor de “El Principito” es esta caracterización, pues para él una “persona mayor” son todos los que no han conservado los rasgos de la infancia. Y es interesante notar, además, que no usa la expresión “adulto”, ya que la adultez supone una etapa de la vida en la que usualmente se alcanza la madurez.

A cambio de aquellos cuentos, el mercado expande los productos “para niños”. Estos productos son “mejores” modos de entretenerse: “la play”, el celular. A diferencia del cuento estos artefactos no los llevan a la calma y la escucha sino a la estimulación y excitación de las luces y los sonidos.

Muchos, también, son los niños que viven en edificios, en departamentos asépticos y herméticos a toda intrusión de la naturaleza. También aquí los niños son “abandonados” a una nodriza, no ya de “carne y hueso”, pero que tiene un ascendiente de tamaña magnitud: la televisión. Vemos, además, que se hace casi imposible en las grandes ciudades salir a jugar a la calle por diferentes peligros a los que se pueden exponer los pequeños. Pero también porque las nuevas tecnologías raptan la atención del niño con vigorosa fuerza. Estas seducen la voluntad de los chicos y ocupan el lugar de la imaginación y la fantasía. Es triste: ya no quieren salir a jugar.

Otro espacio de “abandono temporario” lo podemos reconocer en lo que hoy se denomina “jardín maternal” y en tiempo pasado fue “guardería”. Para algunos padres, a pesar del nuevo nombre, sigue siendo una guardería. Andemos un poco por aquí. Si pensamos en aquello que Ariés remarca, en su ya clásico “El niño y la vida familiar en el Antiguo Régimen” (más allá de los aciertos y/o desaciertos de la obra), respecto al carácter normalizador, disciplinante y encorsetante de la escuela sobre la infancia, vemos que los niños son “institucionalizados” cada vez más pequeños. Para algunos padres, como decíamos más arriba, el jardín maternal no funciona como una institución escolar sino como una guardería, donde pueden cuidar al hijo durante cierto tiempo, lo que les permite trabajar despreocupadamente. ¡Y qué problema cuando hay paro, feriado u otro acontecimiento que no permita dejar a los niños en ese lugar! Los padres “no saben qué hacer” con sus hijos.

Estos niños poco a poco y de manera no consciente, simplemente siguiendo el ejemplo de las personas mayores se convierten en “hijos” de la prisa, incapaces de detenerse para ver. Y cuando llegan a una edad adulta, bien se les podría aplicar aquello de Saint-Exupéry:[4]

“Viejo burócrata, compañero mío aquí presente, nadie te ha hecho evadir jamás y tú no eres responsable de ello. Tú has construido tu paz a fuerza de cegar con cemento, como lo hacen las termitas, todas las salidas hacia la luz. Te has enroscado en tu seguridad burguesa […]. No quieres inquietarte por los grandes problemas. Ya tienes bastante trabajo con olvidar tu condición de hombre […]. Nadie se preocupó de sacudirte los hombros cuando aún era tiempo. Ahora, la arcilla de que estás formado se ha secado, se ha endurecido. Y nada, en adelante, será capaz de despertar al músico dormido, al poeta o al astrónomo que quizás habitaba en ti en un principio”.

Los niños no pueden ser poetas porque la infancia misma no tiene sentido en sí misma, sino en relación a un futuro de prisa y de trabajo. La infancia parece acortarse (si se nos permite hablar de ella como un período de tiempo); los niños y los jóvenes cada vez están más ocupados, más programados, más apresurados: de la escuela a la casa -y luego de una breve estadía- se van al “instituto de inglés”, y de ahí a practicar algún deporte o instrumento musical, que en muchos casos no se hace por el goce mismo de jugar o tocar algún instrumento, sino con la presión social de la profesionalidad, de ser el mejor.

A esto debemos sumarle el abandono más serio y triste: el espiritual. Muchos son los niños que hoy no conocen a Cristo, porque nunca se les ha hablado de Él. Esto es culpa de los padres, sí, por diversos motivos: sea por indiferencia, o por una fe débil quebrantada por las mentiras en torno a Dios y su Iglesia que proliferan en todos los ambientes, o por un odio visceral a todo lo referido a la Iglesia; sea lo que fuere el niño se ve privado de conocer a su mejor Amigo. La otra parte, que tiene una responsabilidad inexcusable en este terrible “abandono espiritual” de la niñez es la Iglesia –en su conjunto- que ha dejado de predicar la Buena Nueva, rechazando, algunas veces implícitamente y otras explícitamente, la evangelización, tildado a esta -despectivamente- de “proselitismo”, de falta de “tolerancia” o falta de “ecumenismo”, exponiendo erróneamente que “todos creemos en un mismo Dios”. Se deserta así del “Id y predicar a las naciones”, del “sí, sí; no, no”… en pro de una fe difusa, de una fe relativista.

Desde la hondura divina se escucha la Voz solemne de Cristo que lanza enojado,  nos dice el Evangelio, una colosal advertencia a los discípulos que no permiten que los niños se acerquen a Él: “Dejad que los niños vengan a mí y no los estorbéis” (Mc. 9, 13-14). ¿Acaso no son hoy los discípulos de Cristo los que no dejan llegar a los niños a Jesús? ¡Cuidado!, a quien obstaculiza a los niños el camino que los lleva hacia Él, Cristo les dice: “al que escandalizare a uno de estos pequeñuelos que creen en mí, más le valiera que le colgasen una piedra de molino de asno y le arrojasen al fondo del mar” (Mt. 18, 6).

Ser padres no radica tan sólo en dar el ser al hijo sino, ineludiblemente, en dotarlo de eternidad.

Ésta, desde nuestra perspectiva, es una infancia abandonada ¿Qué estamos haciendo de los niños?

+

NOTAS:

[1] El término correcto sería: delegar. Si bien hemos generalizado por demás, pues el objetivo del ensayo no es este, hay que hacer alguna aclaración: pues la Antigüedad se caracterizó, en muchos casos, por crasos abandonos y hasta infanticidios, costumbre que fue considerada horrorosa cuando esas costumbres se impregnaron de Evangelio.

[2] Debemos aclarar, antes de seguir avanzando, que lo que se pretende aquí es tan sólo plantear un punto de vista que permita corrernos del lugar común y poder ver tras ese velo de lo común.

[3] Hacemos notar que hablaremos de niños que pertenecen a cierta clase social (media, media alta), con el propósito de analogarla con aquella con la que abrimos el ensayo.

[4] SAINT-EXUPÉRY, A. Tierra de Hombres. Obras Completas, Plaza & Janés, Barcelona, 1967, p. 197-198.

De la vida sencilla. Notas sobre el pensamiento de Séneca

+

Por Gastón H. Guevara

Introducción

El siguiente opúsculo tiende a vislumbrar el ideal de vida sencilla en uno de los grandes pensadores de la escuela del Pórtico: Lucio A. Séneca (4 a.C. – 65 d.C.). Para tal motivo tomaremos tres de sus diálogos, a saber: Sobre la firmeza del sabio, sobre la felicidad, sobre el ocio.[1] Estos diálogos tienen páginas cargadas de belleza y entereza, que se alternan sentencia tras sentencia, colocando la virtud en la cúspide de la vida, que es la mejor y más perfecta. Intentaremos a su vez colocar en contraste este ideal “senequiano” con el ideal de vida placentera y confortable que se patentiza en la actualidad. Lo que propone Séneca, más allá de sus posibles contradicciones entre lo que dice y hace, es un llamado de atención y una exhortación a cambiar de vida, a hacer radicar la felicidad en la grandeza del alma y no en las posesiones materiales perecederas.

I. De dos ideales de vida

Para Séneca la filosofía tiene ante todo un valor práctico: es aquella que enseña a vivir bien, según la virtud, y en la virtud radica la vida feliz. Es la vida sencilla, no porque sea fácil, sino porque es pulcra y sin ornamentos, la que debe vivir quien desee ser feliz. Y la felicidad es el deseo primigenio del hombre: “vivir felices, Galión, todos lo quieren, pero andan a ciegas tratando de averiguar qué es lo que hace feliz una vida”.[2]

Tremenda paradoja es la que presenta Séneca al hombre actual, que, por lo general, hace radicar la vida feliz en los bienes materiales, en el tener y no tanto en el ser. Pero ¿qué es esto que llamamos felicidad? ¿Acaso la felicidad no está en tener, en poseer cada vez más? ¿No es esto lo que piensan todos? Cuidado con seguir la senda más transitada, pues la felicidad no es resultado del número o la votación, “cuanto más pisoteado y frecuentado es el camino, más engaña”.[3] Las opiniones, el se dice, el se piensa, no llevan a buen puerto, es necesario alejarse de la masa. En palabras del romano: “la aprobación del vulgo, el peor interprete de la verdad”.[4]

La vida feliz, es la vida mejor -no la más agradable-, como decían los clásicos y afirma Séneca. Siguiendo la senda de la vida mejor el placer no guiará a la razón, sino que acompañará, en todo caso, la voluntad recta y buena.[5]

Lejos estamos hoy de lo que propone Séneca, pero por el mismo motivo sus palabras se convierten en un llamado de atención ¿hacia dónde nos encaminamos? ¿Qué pretendemos hacer de nuestra vida? ¿Cuál es nuestro fin? Claramente, en términos generales, no es la virtud el horizonte del hombre actual. Donde el sensualismo y el hedonismo sin tapujo son moneda corriente, donde lo externo y pasajero es más importante que uno mismo. Donde se prefieren los placeres del vientre a los bienes del alma, la virtud no tiene lugar. Es más, a los bienes del alma se los hace acreedores de vituperios y a los placeres del vientre se les ofrece aplausos y encomios, dándoles el título de sabiduría y mostrando lo que debería ocultarse. A estos personajes podría sentenciar Séneca diciendo: “Tú te entregas al placer, yo lo controlo, tú lo consideras el sumo bien, yo ni siquiera bien; tú lo haces todo en función del placer, yo nada”.[6]

El pensador de Córdoba no reniega del placer, pero le da el lugar que merece, lo coloca en un plano secundario, si llega, bien, si no llega, no se inmuta por ello; el hombre virtuoso, el sabio, es su moderador. En tanto aquellos que por principio eligieron el placer como la vida buena no lo tienen en sus manos, sino ellos en las del placer.[7] Esto es lo que sucede hoy: una sociedad dominada por el placer. El hombre se cree poseedor de las cosas y en realidad es todo lo contrario, hay un vacío moral y espiritual significativo que se quiere llenar con los bienes del cuerpo, el problema es que estos bienes no sacian y siempre se busca y se desea más y más, terminado en la desesperación o al menos en la esclavitud del hombre a lo que podríamos dominar “tiranía de las cosas o el dinero”.

II. De la vida sencilla

La vida sencilla, es una vida desprendida de las cosas materiales que mantiene al hombre sabio al margen del torbellino de las cosas fortuitas: “no te verás obligado a nada, no carecerás de nada, serás libre, estarás seguro, indemne”.[8] Esta es la vida de virtud, la vida buena. Apuntalemos esta idea con la comparación -sepan dispensarnos por la extensión- que realiza nuestro autor[9] entre la vida virtuosa y la vida placentera, marcando la tajante diferencia entre una y otra:

La virtud es algo íntimo, elevado y propio de reyes, invencible, infatigable; el placer es de baja extracción, propio de esclavos, sin energías, perecedero; su puesto, su domicilio, son los prostíbulos, y las tabernas. La virtud la encontrarás en el templo, en el foro en el senado, en pie ante las murallas, cubierta de polvo, acalorada, con las manos encallecidas; el placer se oculta con enorme frecuencia, intentando acogerse a las tinieblas, en torno a los baños, los gimnasios y los lugares que temen a los vigilantes, blando, sin nervios, empapado en vino y perfumes, pálido o lleno de cosméticos y rebozado en mejunjes. El sumo bien es inmortal, no puede abandonar, no se sacia ni se arrepiente. En efecto, la mente recta nunca cambia, ni se toma odio a sí misma, ni se altera en nada, siendo como es la mejor. En cambio, el placer se extingue en el momento que más complace; no tiene mucha capacidad, de modo que se colma rápidamente, se convierte en hastío y languidece después del primer impulso. […] y ya cuando comienza está contemplando su fin”.

El contraste es lapidario. Si bien, en la actualidad, encontramos vicios en donde debería radicar la virtud y los placeres cada vez son más expuestos como modelos, no deja de tener validez en términos generales tal disparidad. La virtud siempre será íntima y elevada; el placer siempre generará hastío e insatisfacción.

Hay aún otra cosa por tener en cuenta, y es esta: que la vida virtuosa radica en vivir según la naturaleza[10], según lo más alto del hombre: la razón. Esta vida es la propia del sabio. El sabio es impasible frente a los bienes de la fortuna como a las injurias que se lancen contra él. Si bien hay cosas que lo hieren, nada lo abate. La grandeza de su espíritu lo mantiene firme como una roca frente al oleaje de las injurias que se rompe contra él. No valora las opiniones por el número de seguidores sino que ensalza y sigue lo que es digno de seguir, no valora la bondad o maldad de una cosa por la multitud que se amontona en torno a ella, sino por la bondad o maldad de la cosa en sí misma,

“no se fija en qué consideran lo hombres vergonzoso o triste, no marcha por donde el pueblo, sino que, tal como los astros avanzan por un camino opuesto al del universo, así él va enfrentando a la opinión de todos”.[11]

 Esta es la vida del sabio, la vida de virtud, la vida sencilla, la que va acorde con la naturaleza. Aquí reside su morada “estrecha, sin adornos, sin ruidos, sin complicaciones”.[12]  Todos los bienes externos, que son sometidos al capricho de la suerte, los considera adventicios, nunca los ama como propios y acepta con tranquilidad las desgracias y con moderación las favorables. Parece no haber duda de que el hombre pueda elevarse por encima de lo humano.

Alguien podría decir: -El lugar al cual se nos llama es escarpado-, ¿pero acaso para llegar a las alturas no es menester escalar? Pues bien ¡Vayamos! Unos machucones, golpes y arañazos ¿no valen la pena para encaminarnos y afanarnos por el sumo bien, que es la felicidad que todos buscan pero no saben dónde hallarla?

“Esforzándose [el sabio] por alcanzar las zonas elevadas, sometidas a un orden y no al temor, que discurren según un curso constante y armonioso, libres de cuidados, llenas de bondad, surgidas para el bienestar general, saludables para él y los demás, no deseará nada que esté por debajo, no llorará por ello”.[13]

Tristemente, el placer envilecido prevalece y a todo el que quiera elevarse a tamañas alturas se lo impiden, lo injurian, lo atacan y, si es posible, lo matan como a Sócrates.

Conclusión

La perspectiva de Séneca acerca del fin de la vida, de la felicidad, nos coloca en una encrucijada y nos deja abierta una pregunta ¿acaso no hemos equivocado el camino? Nuestra sociedad opulenta y excesivamente rica –más allá de la pésima distribución de las riquezas-, es una sociedad menesterosa y empobrecida. La vida se va escurriendo entre los dedos, bajo las luces incandescentes del consumismo, del placer desenfrenado; esta vida –si acaso es vida- no sacia, no llena, pues hay algo roto, hay algo que el hombre ha olvidado: ha olvidado contemplar la vida bajo un cielo límpido, ha olvidado las alturas de la virtud y se ha conformado con el placer de los cerdos. Séneca nos exhorta a cambiar esta vida miserable por la vida buena, pues “los hombres participan del espíritu divino”.[14]

+

NOTAS

[1] Diálogos. Altaya, Barcelona, 1993.

[2] SÉNECA, L. Sobre la felicidad. En: op. cit., p. 226.

[3] SÉNECA, L. Sobre la felicidad. En: op. cit., p. 227.

[4] SÉNECA, L. Sobre la felicidad. En: op. cit., p. 228. Para él, vulgo es todo aquel que se deja llevar por la vana opinión sea quien fuere (Nota nuestra).

[5] Cfr. SÉNECA, L. Sobre la felicidad. En: op. cit., p. 234.

[6] SÉNECA, L. Sobre la felicidad. En: op. cit., p. 237.

[7] Cfr. SÉNECA, L. Sobre la felicidad. En: op. cit., p. 242.

[8] SÉNECA, L. Sobre la felicidad. En: op. cit., p. 244.

[9] SÉNECA, L. Sobre la felicidad. En: op. cit., p. 234.

[10] Fuerza u orden que lleva a actuar de un modo determinado. Ley natural.

[11] SÉNECA, L. Sobre la fortaleza del sabio. En: op. cit., p. 51.

[12] SÉNECA, L. Sobre la fortaleza… En: op. cit., p. 52.

[13] SÉNECA, L. Sobre la fortaleza… En: op. cit., p. 44.

[14] SÉNECA, L. Sobre el ocio… En: op. cit., p. 44.

Homenaje a Alberto Caturelli

En el marco de una nueva Jornada Universitaria de Apologética en la provincia de San Luis, en la cual han participado más de un centenar de jóvenes de diferentes provincias, se realizó un homenaje al Maestro Alberto Caturelli. Las hermosas palabras que se leyeron son el resumen de un artículo más extenso realizado por la Prof. Ana C. Galiano, miembro de nuestro Centro de Estudios.

+

Eminente filósofo, incansable predicador de la verdad y cristiano cabal

Por la Prof. Ana C. Galiano

+

Es un honor para nuestra Patria Argentina haber contado entre sus hijos a uno de los más eminentes filósofos y ante todo verdadero católico. A modo de un sentido homenaje, quisiéramos traer aquí el recuerdo de su lucidez en este mundo, de su innegable inteligencia y coraje para defender la verdad, de su certísima percepción de los males y peligros que actualmente acechan al cristiano y a la Iglesia.

Alberto Caturelli nació el 27 de noviembre de 1927 en Villa del Arroyito, cerca de la ciudad de Córdoba. Esposo de Celia Isabel Galíndez y padre de ocho hijos. Doctor en Filosofía, y Doctor honoris causa de varias Universidades en diversos países. Participó en dos centenares de Congresos a nivel nacional e internacional. Publicó alrededor de cuarenta libros y quinientos artículos. Un rasgo característico es lo valioso de sus obras: todas son profundas, claras, llenas de la más amplia erudición e iluminadas por la fe cristiana.

San Agustín dice: Para conocer a un hombre, pregúntale lo que ama”. Caturelli amaba sobre todas las cosas al Dios Uno y Trino, a quien recibía diariamente en el Sagrado Sacramento; a la Santísima Virgen, bajo cuyo amparo encomendó su vida y su familia. Amaba a la Iglesia, y por eso se dolía profundamente por aquello que denominó “la invasión de los iscariotes del relativismo sofistico y anticontemplativo”[1], la secularización y el falso ecumenismo. Amaba a la Patria Hispana y Católica, que no olvida sus raíces helénicas y romanas, convencido del sentido que América tiene como esperanza de la Iglesia. Amaba la familia, manifestándolo en su limpio, profundo y verdadero amor para con su esposa Celia, y a sus 8 hijos, para quienes fue un padre ejemplar. Amaba el paradigma del amor cristiano, en la amistad que tenía con Sciacca, Meinvielle, Sacheri, Derisi, entre otros. Amaba la Universidad, la cual era su casa, y por eso su dolor al verla sin ciencia y sin logos, huérfana de theoría y desaristotelizada. Caturelli era, además,  un alma enamorada del Ser -del Bien, la Verdad y la Belleza-, y por tanto, sabía reaccionar con la razón y el corazón ante la presencia de la mentira, del error y del pecado. Finalmente, entre sus amores encontramos la Filosofía; era un padeciente de amor por la sabiduría, y por ello decía que la filosofía es agonía -dolorosa y gozosa-, porque es una dramática búsqueda de la Verdad que siempre hace gozar y sufrir terriblemente, y por ello no puede tener fin sino en la Sabiduría. Gozo de la agonía por la verdad por la cual vale la pena dar la vida aunque en este mundo del poder mundial bastardo y sin alma, me tomen por loco[2].

En el Prólogo de La Iglesia Católica y las catacumbas de hoy, Caturelli escribe: “Entonces el Señor dijo a Pablo de noche en una visión: ‘No temas, sino habla y no calles’ (…) Todos estamos llamados. Y el mandato de no callar a todos nos obliga, siempre que tengamos algo de qué hablar. De eso se trata. He tenido algo de qué hablar en el seno de la vida de la Iglesia; por eso, no callo.” Sus palabras tienen peso, altura y profundidad; imponentes y proféticas. Quienes hemos tenido el honor de escucharlo o leerlo reconocemos en él a un verdadero maestro que remonta vuelo, pero que sabe volver al valle para dilucidarnos las necesarias cuestiones terrenas.

Algunos de sus discípulos lo recuerdan  por su rigor intelectual, profundidad de pensamiento y lógica impecable. Además, lo caracterizan por su inconmensurable bondad, traducida habitualmente en una sonrisa transparente y en un gesto amable; su hablar pausado y sereno, fruto, seguramente, de su aquilatada vida interior además de su proverbial alma provinciana[3]. Esto manifiesta su conducta, de singular envergadura, lo cual no sólo da cuenta de la capacidad intelectual, su adhesión a los principios y una evidente vocación teórica, sino también de un hombre que siempre se destacó por una extraordinaria calidez, sencillez y humildad en el trato con discípulos, alumnos, y público en general.

Como hijo de los hijos de los apóstoles, se caracterizó por llevar adelante el “apostolado intelectual”, como le gustaba llamarle. Aquella confluencia en la que se unen armónicamente la búsqueda racional de la verdad como acto propio de la filosofía, con el carácter misivo del apostolado cristiano.

Con mucha claridad, haciendo referencia a sí mismo, sentencia: Me encanta que me tilden de intolerante… porque de veras no tolero el error en el orden especulativo ni el mal en el orden práctico; intransigente…porque la inteligencia se ordena necesariamente a la verdad del ser y, por eso, no puedo ‘transigir’ en ese orden y sí rendirme humildemente a lo verdadero; reaccionario… porque soy hombre de reacciones rápidas ante el error y la injusticia; no ecumenista… porque lo que hoy corre por el mundo es un sincretismo acomodaticio y relativista enmascarado de ‘apertura’, ‘ponderación’ y (pseudo) ‘diálogo’; anti-pluralista… porque el único pluralista válido es el que se funda en la unidad y unicidad de la verdad, que es lo que hace posible la pluralidad de los juicios a la luz de la verdad.[4]

Sabía que es peligroso hablar de Dios, pero también que la vocación filosófica no tiene sentido sin Él. Y por eso mismo, se fue haciendo cargo de los peligros que acarrea el “pensar contracorriente”. Debido a esto, nunca verdaderamente dejó de poner en primer plano su condición de católico, sin mezclas ni vacilaciones. Comprendió que la filosofía viva, auténtica y comprometida, es agonía perpetua; contemplación y a la vez lucha interior; también es como un surco que se abre e impulsa a seguir en el mismo sin poder ya detenernos. Pero, al mismo tiempo, el ambiente se ponía más y más difícil y con la agonía filosófica había comenzado a mezclarse una suerte de agonía total[5]. Empresa ardua y difícil es luchar contracorriente; y la llevó adelante con coraje, vestido con la “armadura de Dios”, único modo para entrar en el combate espiritual: Contra el pecado nefando del inmanentismo actual, la ‘armadura’ de Aquel que ha creado el orden natural[6]. Por eso, es nuestro deber inmediato y urgente romper con la pusilanimidad para consagrarlo todo desde las catacumbas donde estamos.[7]Existen profundas razones para sentir un gran temor; existen inconmensurablemente más para sentir un gran gozo y agradecimiento.[8]

En el último capítulo de La Historia Interior, Caturelli habla sobre el fin del camino diciendo: “El camino de la historia interior ha llegado hasta aquí. Llegar, sin embargo, no significa que se haya concluido o cerrado. La tierra hollada donde habitualmente se transita no termina, no sólo porque, al camino, puede abrírselo siempre más, sino porque, al fin, se abre más allá del tiempo”[9]. Y luego, en Historia de la Filosofía en la Argentina, concluye con estas palabras que bien podrían ser una suerte de despedida: “Por eso, aquí termino, pudiendo decir lo mismo que el inmortal poeta al despedirse de sus hijos, contemplando el horizonte infinito:

“Permítanme descansar,

¡Pues he trabajado tanto!

En este punto me planto

Y a continuar me resisto

Estos son treinta y tres cantos,

Que es la mesma edá de Cristo”[10].

Podemos decir que su paso por la vida le allanó el camino al cielo, y no caben dudas de que Cristo Rey y Su Santísima Madre le recompensarán con creces su infatigable caridad en servicio a la Verdad crucificada.

Sus amigos, alumnos y discípulos lo recuerdan diciendo “fue un incansable predicador de la verdad. Fatigado por el buen combate que libró, su alma goza ya del encuentro del Esposo en la contemplación de la Verdad Eterna”.

A los 88 años de edad, Alberto Caturelli entregó su alma a Cristo, con la debida atención sacerdotal y con el auxilio de los Sacramentos. Misteriosa y significativamente fue llamado por el Padre el día 4 de octubre de 2016 -día en que su madre, varias décadas antes, le precedió en el camino- en la fiesta de San Francisco de Asís, de quien los dos profesaban una especial devoción.

Mario Caponnetto expone un bellísimo relato respecto de la última vez que lo vio diciendo: “Lo visité en agosto de 2014 en su casa de Córdoba, Fue la última vez que lo vi. Hablamos por más de una hora. Fue una fiesta del espíritu. Después hablé un par de veces por teléfono tras la muerte de Celia; me contó que Celia, al morir, le dijo: “te espero en el cielo”. Allí estarán ahora los dos, unidos en el amor creado, contemplando al Amor Increado.”[11] Y en otra oportunidad expresa: “Caturelli deja una obra filosófica inmensa, pero sobre todo nos deja el legado de un testimonio insobornable de fe católica íntegramente pensada y vivida. Fue modelo de intelectual católico; estoy seguro de que ya está contemplando la verdad que tanto amó, estudió y enseñó.”

Alberto Caturelli, nos ofrece una obra monumental en la que confluyen los trabajos de toda una vida empeñada al servicio de la verdad y la caridad en el apostolado intelectual. Eminencia intelectual con humildad y sencillez evangélica, siempre alzó su voz y su pluma, enamorado de la verdad, del bien y la belleza; irradió luz, esa luz que eleva la inteligencia y conforta la voluntad.

Gran católico argentino, que libró el buen combate, concluyó su carrera y conservó su fe.

———————————-

Notas

[1] Caturelli, Alberto, La historia interior, Buenos Aires: Gladius, 2004, p. 186.

[2] Caturelli, Alberto, Op. Cit., p. 193.

[3] Alonso, Ernesto, IN MEMORIAM: Homenaje al profesor y doctor Alberto Caturelli (1927 – 2016) “El maestro de la metafísica realista, interiorista y personalista”; Cabildo, 2017.

[4] Caturelli, Alberto, La historia interior, Buenos Aires: Gladius, 2004, p. 191.

[5] Caturelli, Alberto, Op. Cit., p. 82.

[6] Caturelli, Alberto, Op. Cit., p. 169.

[7] Caturelli, Alberto, La historia interior, Buenos Aires: Gladius, 2004, p. 122.

[8] Caturelli, Alberto, Op. Cit., p. 345.

[9] Caturelli, Alberto, Op. Cit., p. 200.

[10] Caturelli, Alberto, Historia de la Filosofía en la Argentina (1600-2000), Buenos Aires: Ciudad Argentina – Universidad del Salvador, 2001, p. 921.

[11] En: Gristelli, Virginia; ¡Gracias, Alberto Caturelli; descansa en paz tras el Buen Combate!; InfoCatólica, 2016.

Ponencia: “Algunas notas sobre educación a la luz del Principium Rigans Montes”

img-20161106-wa0010En el siguiente enlace podrán descargar, en formato PDF, la ponencia completa del Esp. José C. Celi Quiroga, titulada “Algunas notas sobre educación a la luz del Principium Rigans Montes”, en el marco de la 1ª Jornada de Educación “Principios de Educación Realista”, organizada por nuestro Centro.